Dicen que es elegante. Que es un deporte noble. Que los caballos aman correr. Que es tradición. Glamour. Clase. Fina estampa. Pero lo cierto es que detrás de la pista de arena, del aplauso y del whisky con hielo, hay una verdad incómoda: las carreras de caballos son una industria donde la crueldad corre más rápido que cualquier purasangre.
Y no, no es solo una exageración de “animalistas”. Basta mirar con los ojos bien abiertos para ver que lo que se vende como espectáculo de alto nivel, es en realidad una rutina de maltrato sistematizado, disfrazado de deporte.
Partamos por el encierro. Porque antes de la largada, ya empieza el sufrimiento. Los caballos son animales sociales, de manada, de campo abierto. Pero en esta industria los tienen encerrados, aislados, programados para obedecer. Nada de correr por gusto. Corren por imposición. Y cuando no están en la pista, están en un box angosto, frustrados, estresados, atrapados en su propio cuerpo. Algunos desarrollan lo que se conoce como comportamientos estereotipados, como el cribbing: morder las puertas del establo una y otra vez, como si buscaran una salida que no existe.
Luego viene la carrera. El látigo. Golpe tras golpe. Porque eso también es parte del “juego”. En pleno siglo XXI, se sigue autorizando pegarle a un caballo para que rinda más. Hay países que ponen límites al número de veces que se puede usar la fusta, como si se pudiera dosificar la violencia. ¿Golpear 10 veces es maltrato, pero 9 no? ¿Qué clase de lógica torcida es esa? El dolor no se mide por estadísticas.
¿Y qué pasa con los caballos que ya no sirven? Silencio. Nadie sabe. Porque no hay trazabilidad, ni en Chile ni en buena parte del mundo. Muchos de esos caballos, los que no llegaron a ser “estrellas” o los que se lesionaron, simplemente desaparecen del mapa. Se sacrifican, se venden para carne, se botan. Literal. En un sistema que solo premia la velocidad y la ganancia, el que no corre, no cuenta.
¿Y si corre, pero se rompe? También está listo. Las fracturas en pista no son raras. Algunas veces no hay nada que hacer y los eutanasian ahí mismo, en la pista, detrás de una pantalla para que el público no vea. Porque el show debe continuar, aunque haya sangre en la arena. Un resbalón, una pierna rota, un cuello quebrado. ¿Y el caballo? Se va. Viene otro. Y nadie se cuestiona nada.
Hay más. Correítas para amarrar la lengua. Así de salvaje. Porque si el caballo saca la lengua, puede asfixiarse. Entonces se la amarran. Literal. Para que no interfiera, para que no “moleste”, para que no proteste. ¿Dolor? Claro. ¿Ansiedad, angustia, lesiones? También. Pero da lo mismo, porque en esta industria lo que importa es que se vea bonito en la meta.
Y lo peor es que lo hemos normalizado. Que hay hipódromos en plena ciudad y nadie pestañea. Que los diarios publican las carreras con total naturalidad. Que los jinetes celebran, los empresarios facturan, el público apuesta. Y el caballo, que es quien se parte el lomo (y a veces el cuerpo), sigue siendo tratado como cosa. Como número. Como mercancía.
Las carreras de caballos no son deporte. No son cultura. No son tradición. Son explotación elegante. Maltrato con smoking. Y mientras sigamos aplaudiendo este espectáculo como si fuera patrimonio, seguiremos fallándole en silencio, con elegancia a los que no tienen voz para quejarse.


Excelente Carlos… La voz de los sin voz.