En este país nos gusta sacarnos fotos con perros. Nos encantan los reels con lomitos en TikTok, los memes con orejones simpáticos y los videos de rescates que nos ablandan el corazón por 30 segundos. Pero en la calle, en la vida real, somos expertos en el abandono. Chile: tierra fértil para la hipocresía peluda.
Hay más de 250 mil perros vagando por nuestras ciudades. Mestizos, sin collar, sin rumbo, sin nadie. No nacieron ahí. No cayeron del cielo. Fueron criados, acariciados, alimentados con cariño hasta que dejaron de ser “cachorros lindos” y pasaron a ser estorbo. ¿Solución nacional? Abrir la reja y soltarlos. Como quien se deshace de una caja vieja.
Porque acá el amor dura lo que un cachorro cabe en la mano. Y cuando crece, muerde una zapatilla, ladra en la noche o bota una maceta… se acaba la paciencia. Entonces viene la frase mágica: “si total afuera igual se las arreglan”. ¿Se las arreglan? ¿De qué estamos hablando? ¿De una mascota o de un personaje de videojuego?
Las políticas públicas son de cartón piedra. Esterilizaciones a la pinta, sin seguimiento, sin fiscalización. La famosa Ley Cholito es más simbólica que efectiva. ¿Cuántas multas reales ha cursado el Estado por abandono? ¿Cuántas campañas de adopción han sido políticas de largo plazo y no solo gestos para la foto?
Mientras tanto, los perros mestizos caminan por las calles enfermos, heridos, perseguidos, atropellados, envenenados. Viven del basural, del pan duro, del cariño fugaz de algún vecino. Y ojo: no es que “los pobres perros estén llenando las calles”. Somos nosotros quienes llenamos las calles de perros. Ellos son la evidencia concreta del abandono estructural, de la falta de empatía y del poco valor que le damos a una vida que no puede quejarse en español.
El chileno se dice amante de los animales. Pero los bota. Los traiciona. Los regala en Navidad y los desecha en marzo, cuando hay que volver a clases y no hay tiempo para limpiar caca.
Y así seguimos: dándoles like a una publicación de adopción mientras un perro que alguna vez fue de alguien muere atropellado a la vuelta de la esquina.
Chile: donde el cariño es desechable y el abandono, rutina.

