En el mundo del emprendimiento, competir no es solo pararse frente a un jurado. Competir es medirse contra el hambre, contra la falta de oportunidades, contra la inercia de un sistema que prefiere fotos antes que procesos.
Por eso me incomodan los concursos de cartón piedra: los que duran horas, se resuelven con likes y se olvidan al día siguiente. En cambio, admiro los que dejan huella: donde cada participante sale más fuerte, con nuevas herramientas y preguntas incómodas que lo obligan a crecer.
Hace pocos días lo vimos en la Universidad de O’Higgins, en la jornada PACE. Más de 300 estudiantes de distintos liceos de la región se lanzaron a presentar ideas, a defenderlas con la voz temblando, a equivocarse y volver a intentarlo. Ahí no había cheques gigantes ni flashes de prensa: había aprendizaje real. Y eso es más transformador que cualquier trofeo.
Esa experiencia me recordó algo esencial: la verdadera competencia no es contra otros, es contra la resignación. Contra el “no se puede” que se repite en tantas comunas de Chile.
Hoy me toca a mí viajar a Antofagasta, a la final de Antofa Emprende. Sí, quiero ganar. Pero más que eso, quiero demostrar que las competencias bien diseñadas son motores de cambio. Que sirven para desafiar la inercia, abrir camino y mostrar que cuando uno se vacía entero en la cancha, ya ganó mucho antes de que alguien lea el veredicto.

