Feria municipal en región, símbolo del emprendimiento precario y la desconexión con el ecosistema nacional de innovación.

¿Feriar o no feriar? He ahí el dilema.

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Mientras en Santiago se debaten conceptos como “deep tech”, “ecosistema emprendedor” y “smart hubs” en auditorios con buen catering, en regiones como O’Higgins la innovación sigue bajo toldos plásticos, sin sombra, sin baño y con suerte, con corriente eléctrica. La distancia no es geográfica, es conceptual.

Desde la capital se levantan iniciativas llenas de anglicismos, se firman convenios con universidades extranjeras y se celebran políticas que suenan a Silicon Valley. Pero acá, en tierra firme, la innovación se llama subsistir. Y el “emprendimiento” se traduce en ferias municipales con más pancartas que impacto.

Porque no hay modelo de desarrollo. Hay evento.
No hay política pública. Hay anuncio.
No hay visión. Hay cálculo: el cálculo de la reelección.

Y en ese cálculo, los emprendedores se transforman en utilería. Aparecen en las gráficas del municipio, en las cuentas públicas, en los videos institucionales. Todo sea por mostrar gestión. Pero cuando se rasca un poco la superficie, la realidad aparece: personas vendiendo sus productos en medio del frío, la humedad o el polvo, sin condiciones mínimas. Y aún así, les piden sonreír para la foto.

Los municipios han convertido las ferias en su política de innovación. Si hay toldo, hay gestión. Si hay animador con micrófono, hay desarrollo económico. ¿Infraestructura? ¿Vinculación? ¿Capacitación? Eso queda para la próxima administración. O para el próximo video de campaña.

Mientras tanto, la discusión nacional sigue centrada en cuántos hubs abrirá CORFO este año, o cuál será el próximo programa piloto de innovación territorial. Todo muy bien pensado desde escritorios amplios con buen Wi-Fi. Y sí, hay reportajes que lo reconocen: Santiago concentra más del 70% de la inversión en innovación. Y cuando se intenta descentralizar, las regiones reciben pilotos, prototipos y promesas que no sobreviven más allá del aplauso inicial.

Por eso, cuando en Santiago se pregunta dónde están los innovadores del país, algunos deberíamos responder: están en regiones, pero están ocupados intentando sobrevivir a punta de ferias, a falta de Estado.

La crítica no es contra las ferias. El problema es cuando las ferias son el techo del modelo. Cuando la política pública se agota en un evento de fin de semana. Cuando nadie se pregunta qué pasa con ese emprendedor el lunes siguiente. Cuando los que diseñan estas actividades no saben ni siquiera cuánto cuesta un toldo, porque nunca han montado uno.

Por eso, cuando se hable de ecosistemas, sería bueno mirar al sur, más allá del Mapocho. A una hora y media de Santiago, hay regiones enteras que ya no necesitan más ferias con discursos, sino estructuras con propósito.

Porque el dilema ya no es si feriar o no feriar.
El verdadero dilema es si seguiremos montando escenografías…
…o si por fin nos atrevemos a escribir un guión con futuro.

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